viernes, 2 de septiembre de 2011

La violencia y el desgobierno condenan al hambre a 3,7 millones de somalíes

Es difícil hallar una pared sin agujeros de bala o una calle sin edificios destrozadosHay ciudades zombis. Mogadiscio lo es. La capital de Somalia debía ser tan bonita hace veinte años, con sus calles estrechas con olor a mar, sus casas bajas de trazo árabe y su vida callejera de tez morena, que hiere verla moribunda. La bienvenida a la ciudad ya es una patada en el estómago: una grúa aparta un enorme bloque de cemento que bloquea la entrada al aeropuerto para permitir la salida del convoy. "Es para que no se empotre un coche bomba hasta dentro y haga estallar el aeropuerto por los aires", explica un soldado escocés de la fuerza de paz africana (Amisom). Detrás del cemento, se abre Mogadiscio. O lo que queda de ella. Es difícil encontrar una pared sin agujeros de bala, una carretera sin impactos de mortero o una calle sin edificios destrozados. Luego están las armas. Un chaval de unos quince años observa la vida –que la hay, pese a todo– desde una esquina. Lleva un fusil colgado del hombro y una ristra de balas ceñidas al cinturón. Enciende un cigarrillo y sonríe, con un punto de chulería, al cruzar su mirada con el occidental. Lleva una camiseta del Barça.

El caos y el olvido en los que Somalia lleva sumida desde hace veinte años han provocado la alarma humanitaria más grave de nuestros días: casi cuatro millones de somalíes necesitan asistencia urgente. La ONU ha declarado el estado de hambruna en cinco regiones del sur, zona controlada por Al Shabaab, grupo fundamentalista hermanado con Al Qaeda. Según fuentes de organismos internacionales en la zona, pronto podría declararse la alerta máxima en otras regiones más. El problema es que no se sabe muy bien qué ocurre en el sur. "Al Shabaab no permite el acceso a oenegés o instituciones internacionales. Apenas hay control. Es muy difícil llevar comida allí", señala Susannah Nicol, portavoz del Programa Mundial de los Alimentos. La ONU admitió hace días que la ayuda llegaba al 20% de la gente que lo necesita.

En Mogadiscio la vida es difícil. Mohamed Hadi es un tipo joven con mirada de halcón. Callado, observa cómo le niegan la comida a un niño en el Jumbo Feeding Centre, centro de reparto de alimentos a medio kilómetro del aeropuerto, porque su cubo es demasiado grande. El niño llora y esquiva los empellones para volver a insistir. Cuando un empujón parece dar por vencido al chaval, Hadi da un paso adelante y le dice algo al anciano que reparte la comida. El viejo protesta pero le ofrece un cucharón de maíz hervido al pequeño.

Al preguntar a Hadi si la gente respira mejor tras el anuncio de retirada de Al Shabaab de la mayor parte de la ciudad el pasado 6 de agosto, su respuesta hiela la esperanza. "Volverán en cuestión de horas o días, cuando quieran", dice. Aunque el Gobierno Federal de Transición (GFT) vendió como una victoria el abandono de la banda radical, la ciudad está lejos de ser segura. "Hace tres días decapitaron a tres chicos jóvenes, de unos 19 años, y tiraron sus cuerpos en el mercado. Era una señal de Al Shabaab para que se sepa que aún son poderosos. La gente está asustada", explica. Desde principios de mes, la banda ha asesinado a nueve personas, a las que acusó de ser espías.

En realidad, la población no tiene donde resguardarse. El informe de Human Rights Watch No sabes a quién culpar: crímenes de guerra en Somalia 1 publicado hace dos semanas denunciaba que "Al-Shabaab ha lanzado indiscriminadamente fuego de mortero desde zonas densamente pobladas, y las fuerzas del GFT y la Amisom han respondido con frecuencia de la misma forma con contraataques indiscriminados".

El futuro tampoco reconforta. Un analista de un organismo internacional que trabaja desde hace años en Somalia señala a este diario, bajo condición de anonimato, otra amenaza a punto de estallar. "La retirada momentánea de Al Shabaab ha hecho que los clanes luchen por ese vacío de poder. Hay señores de la guerra que quieren controlar el mercado de Bakara, otros el puerto... La gente piensa que Mogadiscio ahora está a salvo. Y no lo está en absoluto", asegura.

En Somalia casi toda la población es de la misma etnia y profesa la misma religión, el islam. Pero la cohesión étnica y de fe ha sucumbido a las luchas por el poder en nombre del clan. Hay facilidades: un AK-47 se puede conseguir en el mercado por apenas 200 euros.

La violencia enquistada en la realidad somalí es el motor de la tragedia. La peor sequía en 60 años castiga a todo el Cuerno de África –hay más de 13 millones de personas en peligro–, pero en Somalia las balas tienen más peso. También la pobreza. Texas, en Estados Unidos, acaba de atravesar la peor temporada de lluvias en 44 años y los cowboys no mueren de hambre.

Sin un gobierno real desde 1991 –el Ejecutivo somalí, considerado el más corrupto del mundo por Transparency International, es poco más que un intento fallido de Occidente de crear un interlocutor con quien dialogar–, Somalia está abandonada a su suerte desde que en 1993 las milicias somalíes mataron a 18 soldados estadounidenses en las calles de Mogadiscio, que desembocó en la retirada de Estados Unidos y la ONU del país. Los atentados del 11-S y la lucha antiterrorista volvieron a poner Somalia, situada estratégicamente a tiro de piedra del golfo de Adén y Oriente Medio, en el tablero del mundo.

Zino Mahmed jamás sabrá de esa batalla. Lleva un mes desplazada en la capital y amamanta a su hijo mientras espera en la cola para que le llenen una bolsa de comida. "La vida es dura. Cuando llueva quiero volver a mi aldea. Quizás podamos plantar allí y vivir", dice. No dice vivir bien.




Fuente: LaVanguardia.com
Autor: Xavier Aldekoa | Enviado Especial a Mogadiscio
Fotografía: Somalia en 1992 / James Nachtwey
Referencia: 1. Recomendamos leer también "Somalia: Poner fin a los crímenes de guerra para ayudar a frenar la hambruna" / Human Right Watch







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